Salvador Dájer fue un apasionado defensor de riquezas naturales RD
Salvador B. Dájer Scheker fue un gran hombre. Hijo de inmigrantes libaneses, formó parte de una familia numerosa integrada por 6 hijos, 3 varones y 3 hembras y mi padre, el hermano mayor, acogido por su tía Mampita cuando su hermano Gabriel quedó viudo de su joven esposa, María Hane, después de su segundo parto.
Tío Salvador se hizo ingeniero egresado de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad de Santo Domingo y se especializó en Ingeniería Hidráulica en Buenos Aires, Argentina. A su regreso fue mentor y primer titular de la Secretaría de Estado de Recursos Hidráulicos y Riego, donde dirigió una política bienhechora a favor de la masa campesina, la preservación de los ríos y el buen uso del agua mediante la construcción de canales y presas que aún perduran.
Conocedor como pocos de la hidrografía y de cada espacio del país, que recorrió y escrutó intensamente, fue un apasionado defensor de sus riquezas naturales, del ecosistema y el medioambiente, con el único arsenal que poseía: sus ideas y su verdad que expuso con brillantez y valentía.
Murió a los 94 años en perfecta salud y pleno uso de sus facultades en su casa solitaria de la Socorro Sánchez donde nunca faltó el amor filial de sus hijos, el cariño familiar y los tantos amigos que le recuerdan tal como fue: un gran hombre al servicio del bien común.
Para él estos versos:
Se apagó una estrella; o quizás tan sólo se ausentó para ganar espacio, e iluminarnos mejor desde los cielos.
No le bastó este mundo terrenal para izar al viento su bandera sideral, y defender la riqueza virginal de nuestro suelo.
Para convencer con formidable arsenal, con preclara inteligencia a los sordos explotadores cobijados bajo el manto oscuro del poder y del dinero.
Se nos fue “Tío Salvador”. No por mucho tiempo.
Se tomó sus vacaciones, su merecido descanso.
Y en la alforja del alma nos dejó sólidos recuerdos:
Cátedras de sabiduría.
Derroche de amor y talento esparcidos por ríos risueños que se acaban; por tesoros ocultos de las abiertas montañas; por los ecosistemas y el medio ambiente agredidos por manos extrañas.
Se nos ha ido de golpe, sin previo aviso, el último de la estirpe Dájer-Scheker que quedaba, hijo amado de Maddul, nuestra adorada “Mampita”, y de Don Santiago, “Yoyo” enredado en su duro mostacho y su suave sonrisa de patriarca.
¡Adiós Chamba! Último chambón del juego impredecible.
O mejor dicho: ¡Hasta siempre!
Que son siempre tristes las despedidas, más que buena, qué regocijante vida nos legaste. Vida de entrega desprendida por causas nobles, ennoblecidas.
Adiós Chamba, o mejor ¡hasta siempre!
Perdona si se me escapa alguna lágrima.
Te estaré por siempre agradecido:
¡Qué ejemplo de vida nos dejaste!
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