Asamblea de PC puso en evidencia la falta de credibilidad ciudadana
Gana espacio la desconfianza y se torna en un sentimiento de frustración colectivo de impredecible consecuencias si el mal no es corregido a tiempo; si el proceso electoral viciado desde su origen se sigue contaminando con un cúmulo de acciones que no se corresponden con la transparencia de unas elecciones limpias, ejemplares, como las que se avecinan que ponen en peligro la gobernabilidad del país, dado la pugna desigual de dos fuerzas partidarias poderosas, enfebrecidas por un virus fatal: el triunfalismo, una por el mantenimiento y goce del poder absoluto; la otra por su desplazamiento.
Los sucesos que vienen aconteciendo durante el actual proceso, sin duda uno de los más crítico y trascendentales de nuestra historia reciente, no dejan de retrotraernos a un pasado que creímos superado (1986) cuando “la leyenda negra de nuestro incurable fraude electoral” permite a un “testigo de excepción” referirse a “una gran preocupación por la deplorable situación la Junta Central Electoral” que, al decir de su Director Electoral de entonces, Julio Brea Franco, “no estaba en condiciones de tomar las decisiones que se precisan a fin de que puedan efectuarse las elecciones tal como lo establece la Constitución de la República.”
Casi tres décadas posteriores a aquel suceso, superado el colosal fraude electoral del 1994, nos encontramos con una situación similar. Un tanto peor, agravada por el progresivo deterioro institucional y la descomposición social que se registra particularmente en las altas esferas del gobierno y de los partidos políticos, ensombreciendo el proceso con un cúmulo de circunstancias y acciones que ponen de manifiesto los excesos de la actual campaña, la falta de equidad, el uso abusivo de los recursos del Estado, el escandaloso transfuguismo, mercantil y oportunista y la falta de interés del Congreso Nacional y de la Junta Central Electoral de poner fin a esos males, leales a la línea trazada con el ejemplo del Presidente de la República, que como cosa propia compromete el erario público a favor de su candidato y se lanza con pasión de muerte, en cuerpo y alma, una deslucida campaña como jefe de un partido cualquiera, abandonando su misión y responsabilidad como Jefe Supremo de la nación dominicana, de garantizar el libre ejercicio democrático del sufragio para el sosiego y bienestar de su pueblo.
La XVIII Asamblea General Ordinaria de Participación Ciudadana, celebrada el domingo 5 de febrero, puso en evidencia las causas de tantos males y la falta de voluntad política y de credibilidad ciudadana, que debe quedar alertada y dispuesta a defender la transparencia y bondad del sufragio, maculado con escogencia de un Presidente de la JCE, miembro activo del Comité Político del PLD, y de su flamante director de Cómputos, esforzado en no ser un juez mediador, abiertamente agresivo y parcializado, que fomenta la discordia y se solaza ante al impúdico desbordamiento de la campaña y el gasto público y probable uso de dineros y recursos mal habidos, procedentes del narco y del lavado de activos, mientras adversa y obstruye la participación del organismo que ha demostrado mayor experiencia e independencia como observador electoral para los efectos de una elecciones diáfanas, ordenadas y libres.
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