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Aníbal de Castro

2 Febrero 2012, 11:43 PM
A PLENO PULMÓN
Pasajeros de autobús
Escrito por: FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX (henriquezcaolo@hotmail.com)

Tres horas de viaje en autobús, atravesando la isla de Norte a Sur, no es ninguna Odisea.  Los pasajeros van cómodamente instalados en asientos reclinables, disfrutan de aire acondicionado, pueden atender llamadas telefónicas.  Mirar el paisaje a través de las ventanas es gratísimo entretenimiento cuando se lo mira por primera vez, o cuando se vuelve a contemplar después de una larga pausa. 

Si el paisaje es “muy conocido” los viajeros suelen “enfrascarse” en conversaciones dificultosas, conflictivas, casi siempre con desenlaces ambivalentes.  ¿Política partidista?  ¿Enfermedades crónicas? Asuntos de trabajo? Todo cabe en estos diálogos entre personas obligadas a permanecer varias horas en el mismo lugar.   Pero los temas que se abordan con más frecuencia son: “la inseguridad de los ciudadanos” y el “desencanto colectivo de la actividad política”. La gente afirma que en la RD los delincuentes actúan con plena libertad, sin contención alguna, sin “los disimulos” que antes eran de rigor “para cubrir las apariencias”.

Y añaden: usted no puede hacer nada; ellos son “los dueños de la cancha”.  Tienen armas, dinero, protección; nosotros somos moscas que no valemos nada; “nos arreglan con un manoplazo”.  ¿Cómo conseguiría un ciudadano común defenderse de un narcotraficante? El poder de los delincuentes sólo podría ser enfrentado por “los poderes del Estado”.

 Ahí quedan retorcidos los rabos de muchísimas puercas; y entra el segundo tema: “el desencanto político”.  Sobre el primer tema el embajador dominicano en Washington ha pedido ayuda al gobierno de los EUA. Declara que el famoso Cartel de Sinaloa tiene creciente influencia en nuestro país.  Aníbal de Castro sostiene que ese grupo mexicano recibe ayuda de delincuentes dominicanos que operan en Santiago, La Vega, Jarabacoa.

 Para que los poderes propios del Estado logren conjurar esa situación penosa, los habitantes de Santo Domingo tendrían que decidir, con resolución irrevocable, cambiar el estilo político al que estamos habituados.  Ese es el problema central del atolladero social en que vivimos.  El obstáculo principal está en nosotros mismos: no creemos que sea posible hacerlo, no tenemos confianza en nuestra capacidad para acometer tal empresa.  El “desencanto político” nos drena todas las energías.  Si no cambia la política, tampoco cambia el sentido del poder coercitivo del Estado. -¡Pasajeros, desalojen el autobús!

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