Una escuela secreta
No hay muchos periodistas que “cubran la fuente” de la zona colonial de la ciudad de Santo Domingo. Para que los periódicos envíen fotógrafos a la ciudad vieja se requiere que haya “una ofrenda floral” en la tumba de los fundadores de la República; un solemne “te-deum” con la asistencia del jefe del Estado; un concierto sinfónico organizado por la Iglesia dominicana. Todos estos actos ceremoniales son reseñados por ser partes de una “rutina periódica”. Unos pocos acontecimientos anuales alcanzan “amplísima cobertura”: las festividades de Semana Santa, los carnavales populares.
Fuera de los casos señalados hasta aquí, la zona colonial de SD no suele aparecer en las noticias. Las personas que no viven en el lugar, ni trabajan en asuntos relacionados con el turismo, prefieren “no pisar” la ciudad vieja después que anochece. Hace pocos días el propio arzobispo metropolitano, quien reside frente a su Catedral Primada, describió la situación espantosa en la que viven los vecinos. Inseguridad ante la criminalidad y la drogadicción; acompañada de la obligada visión del ejercicio público de distintas formas de prostitución.
Esta porción de la ciudad es, para fines sociológicos, un pequeño universo, modélico, que podríamos utilizar para todo el país. Ayer fueron detenidos dos niños, de nueve y once años, que vendían marihuana en el Ensanche Quisqueya; un juez ordenó prisión preventiva de un año para un sicario que asesinó a un hombre “por equivocación”: había confundido los rostros; se conocen los nombres de las personas que ordenaron el crimen; se sabe que lo tasaron en 120,000 pesos y pagaron a cuenta 9,000. En una situación como esta resultan risibles las discusiones jurídicas acerca del Código Procesal Penal o del Tribunal de Garantías Constitucionales.
Me han contado que unos “politólogos alternativos” se reúnen –corporativamente- cerca del antiguo Hospital Nicolás de Barí. Opinan que muchos de los politólogos y constitucionalistas “al uso”, no son más que “imbéciles organizados y cultos que todo lo enredan y oscurecen”. ¿Quién ha dicho que los políticos dominicanos busquen “el desarrollo de las instituciones o el avance económico del país”? Si dichos politólogos fueran “expertos en políticos de carne y hueso”, no en los “gobiernos idealmente mejores”, descubrirían verdades horrendas e impublicables.
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