
Probablemente no tengamos la oportunidad de ver nuevamente obras originales de uno de los creadores del siglo XX más sorprendentes y polifacéticos, a quien podríamos incluir aun en el arte actual por su libertad y sus provocaciones.
Nos referimos a Man Ray, fotógrafo, pintor, escultor, ya instalador (en miniatura), cuya contundente exposición presenta el Museo de Arte Moderno en todos sus espacios de la primera planta. Para el público en general, puede ser una muestra difícil, entre pequeños formatos, dominio del blanco y negro y objetos cotidianos intervenidos. Además, la museografía resulta ser muy discreta.
Ahora bien, tanto para los artistas y los estudiantes de arte como para los críticos y los historiadores, es una exposición a visitar, analizar, meditar necesariamente, y no dudamos de que lo hayan sentido así. No se trata solamente de un artista moderno, francés y norteamericano, sino de un talento planetario, increíblemente fantasioso y serio a la vez: fotógrafo experimental, él nos ha legado tanto su curiosidad y su humor como el tipo de pasión y autorrevelación permanente que, en esa época, el verdadero artista llevaba en su fuero interior y sus obras. Felicitamos sinceramente al Museo de Arte Moderno por ese acontecimiento, sabiendo además cuánto su directora María Elena Ditrén ha tenido que persistir para llegar a su realización.
Man Ray. Man Ray es el seudónimo y nombre artístico de Emmanuel Radnistky, quien nació en Estados Unidos en 1890 y murió en París en 1976. Luego de estudios diversos, inició una carrera de pintor cubista y “dadaísta”, exponiendo ya en el famoso Armory Show de 1913. La fotografía retuvo su atención después –él adquirió su primer equipo para retratar sus obras y recordar sus viajes–, pero pronto esa se convirtió en su vocación mayor, al encontrarse con Alfred Steglitz. Rápidamente, consiguió encargos comerciales y notoriedad. Sin embargo, esa práctica profesional se acompañó de la vertiente artística y experimental que le identifica, cuando Man Ray conoció en Nueva York a Picabia y Duchamp. En 1921, se marchó a París, acogido por figuras del surrealismo emergente. El fracaso de su primera exposición pictórica le obligó a instalar un estudio de fotografía en su habitación de Montparnasse –entonces corazón del nuevo arte– para sobrevivir. Él no tardaría en conquistar la celebridad como fotógrafo, y le apasionó la experimentación en medio del bullicio artístico del momento. Exploró todas clases de hallazgos: montajes, superposiciones, solarización, juegos de contrastes con negativos invertidos, impresiones fotográficas directas de objetos colocados en una placa sensible, fotos adrede fuera de foco, etc…
Ahora bien, él siguió triunfando simultáneamente en la fotografía de moda, mientras, audaz e inventivo, se iba convirtiendo en una personalidad principal del surrealismo. Esa rara ambivalencia hizo que una misma imagen de Man Ray pudiera ser a la vez de una gran hermosura y testimoniar la búsqueda de efectos insólitos. Inconteniblemente creativo, mantenía el diálogo con las artes plásticas: collages, ensamblajes, objetos insólitos y pinturas algo enigmáticas.
Fue, sobre todo entre las dos guerras, figura mayor de un arte en evolución y revolución constantes. La excelente exposición, desplegada en el Museo de Arte Moderno, da fe de esa extraordinaria capacidad, una producción casi tradicional alternando con la obra lúdica y subversiva.
La exposición. Casi nunca tenemos la oportunidad de disfrutar, en Santo Domingo, de un muestrario tan completo de una obra –sobre todo fotográfica– realizada como esta exposición de Man Ray. A la necesidad de visitarla, agregaremos que prácticamente cada pieza amerita una mirada detenida, revelando la inventiva sin límites de su autor. Luego, se presentan series de imágenes de una misma modelo y así por ejemplo admiramos la belleza de la célebre Kiki de Montparnasse y su complacida profesionalidad de la pose: rostro, cuerpo, desnudo o composición con objeto. Evocamos su “Negra y blanca”, con la cabeza de Kiki sosteniendo una máscara africana “baulé”, colocación en ángulo recto, juego de valores cromáticos, y que existe en varias versiones hasta en negativo, confiriéndole un efecto especial.
El espectador tiene libertad de lectura: apreciación simplemente formal o connotaciones –así confrontación racial o acercamiento entre una mujer real y un objeto ritual ligado a la femineidad–. Todos los retratos son magníficos, de Dalí, Matisse, Picasso y Dora Maar hasta Coco Chanel –y su elegancia–. Otra foto impactante por simpática y alusiva, fija manos ¡pintadas por Picasso!
Ahora bien, no nos podemos limitar a la exquisitez fotográfica –cuyo símbolos son el ojo con lágrimas de cristal y la espalda de la mujer “violin de Ingres”–, sino que extendemos nuestra fascinación a los objetos y el arte de transformar el “ready-made”. Citaremos el encantador movil de perchas colgantes, el “regalo” de una plancha picante, la mesa paleta ¡o el metafórico “martillo sin dueño”! Más sorprendente es encontrar algunas esculturas casi convencionales, como los bronces del retrato del Marqués de Sade y de las Manos, el erotismo directo de “Priapo”, o una cerámica inofensiva (¿?) de la mano con pelota.
No olvidamos que Man Ray fue inicialmente dibujante y pintor. La secuencia de las siete obras geométricas y ópticas, tituladas “Chichet vierge”, sobresale por su colorido fresco y su diseño. La sala cerrada del MAM exhibe pequeñas obras maestras y muchas. ¡Vale mencionar las imágenes –de surrealismo accesible– con los “enamorados” ¡y la boca pulposa que atraviesa el cielo!
Las citas, siempre interesantes, del propio Man Ray, nos informan acerca de su pensamiento estético y nos enseñan la coherencia de un magistral artista.