El ambiente cultural dominicano se ha ido quedando huérfano del pensamiento crítico de los auténticos intelectuales que, honrando a José Martí al hacer de la crítica un verdadero ejercicio del criterio, llevaron a cabo la invaluable tarea de orientar, guiar, y en el mejor de los casos, alimentar el espíritu y estimular la creatividad de quienes se interesaban en la literatura, la música, las artes visuales, el cine, el teatro, la filosofía, la investigación científica, las humanidades, en fin. En otro tiempo tuvimos para escoger en cada rama o manifestación del arte y del pensamiento. Acierta, pues, a este respecto, el sentencioso verso de Manrique: “Todo tiempo pasado fue mejor”.
Se siente en nuestro ámbito cultural o académico un lamentable vacío, por la ostensible y dolorosa ausencia de una crítica aguda, inteligente, edificante, y sobre todo, original y bien escrita, entendible, y en consecuencia, aprovechable; esa que, en la perspectiva que sigue Ted Cohen de las reflexiones de Arnold Isenberg, persiga una comunidad de sentimiento, una identidad de visión entre el crítico, que tiene la importante misión de reflexionar acerca de la obra de arte, y su público, esa comunidad heterogénea de lectores que ansían encontrar en la crítica, ya sea esa visión similar a la del crítico sobre la obra; o bien, una fértil visión contradictoria, que despierte nuevos ángulos de mira y eleve el espíritu del arte o de la ciencia hacia un nuevo estadio, el de la hegeliana síntesis superadora de las oposiciones, a veces antagónicas, en el campo del pensamiento o la creación.
En la edición de Areíto correspondiente al sábado 23 de junio último, el poeta y ensayista Plinio Chahín publicó un certero artículo titulado “Las indigencias teóricas de la crítica dominicana”. Denuncia con valentía y responsabilidad la tendencia de cierta crítica a mostrar “discursos llenos de manipulaciones que ocultan una radical indigencia”, especialmente en literatura. Posturas narcisistas y arrogantes, cargadas de prejuicios (no precisamente de juicios razonables) y de lo que Chahín llama “rigideces dogmáticas”. Cataloga de irremediables vicios de la crítica literaria actual como son el mimetismo, sociologismo, empirismo y falta de sensibilidad para entender y analizar el poema, el ensayo, la novela, el cuento o el drama.
La cultura y la academia de nuestro país han sido asaltadas por el magma lodoso, humanamente miserable y encerrado en guirigayes de penumbra de una seudocrítica aferrada a preceptos hueros y métodos mal leídos, mal aprendidos (tanto así, que algunos maestros han renegadode sus falsos discípulos), al extremo de considerarlos herramientas con valor de panaceas, capaces de interpretar o decodificar cualquier objeto creativo o artefacto gnoselógico que se le coloque por delante, sin separarse un ápice de los rigores esquemáticos que sirvieron a análisis de objetos totalmente diferentes.
Apena, francamente, intentar comprender, siquiera, una seudocrítica que se arrastra, acrítica y vergonzosamente, por los fundamentos filosóficos y socioculturales, bien atiplados en el ámbito académico e intelectual de París, Nueva York, Bucarest o Madrid, lo cual es exaltable en sus propios creadores, pero, execrable en los falsos epígonos criollos, que pontifican en las aulas y babean deleznables cuartillas, sin que los alumnos se motiven siquiera a intentar comprenderlos y los lectores, ansiosos por encontrar alguna luz en sus arrogantes galimatías, terminan frustrados y alejados del llamado estético y humanístico de las artes y el pensamiento.
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Aclaro, ademàs, que el libro de Eclesiastès fue escrito por Salomòn en el siglo x ac. y pertenece a la literatura sapiencial judia. En cambio, el autor de: Coplas por la muerte de su padre -considerado como la mejor expresiòn poètica del siglo xv -naciò en 1440 dc y muriò en 1479 dc. Asì inspirò la diosa poiesis al poeta Manrique:
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiem