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4 Junio 2011, 9:00 PM
DEBATE
La ruina de los edificios
Escrito por: MANUEL DEL MONTE URRACA

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Jamás nos pasó por la mente recrear un escenario de lo que fue Santo Domingo durante su época dorada, como han venido repitiendo cual papagayos los que carecen del talento, y de la experiencia necesaria en estos menesteres, o los que, en cambio, desean otra cosa. Es decir, dejar “republicanizadas” las casas de Ovando, Dávila, Garay, Tostado, de la Moneda, o las dos restauradas por mí, de manera particular, y otras tantas, al igual que las que fueron intervenidas por otros como las Casas Reales, los Jesuitas, Diego Caballeros, y otras. Que no fue otra cosa que devolverles sin emplear grandes esfuerzos su auténtica fisonomía y dotarlas de las exigencias de nuestro tiempo.

Dicho sea de paso, ese camuflaje imperó en Santo Domingo, exclusivamente. En ciudades como San Pedro de Macorís, Santiago, Puerto Plata, y otras, durante los inicios del “período” republicano, no del “estilo, como suelen decir algunos por ahí, donde no había casi nada de importancia, sí se construyeron edificaciones representativas de esa época.

Aprovechando la mención de estas ciudades conviene recordar que durante sus primeros doce años de existencia, la OPC de entonces logró que se promulgaran varias leyes protectoras de sus centros históricos similares a las que favorecieron la Ciudad Colonial de Santo Domingo, así como decretos para privilegiar otros, hasta que se lograra convertirlos en leyes. Es el caso de San Pedro de Macorís, donde se llegó más lejos aún instalándose en la segunda planta de la Gobernación Provincial una oficina dependiente de la sede central, bastante bien equipada, y dotada del personal indispensable. Lamentablemente este modesto pero significativo esfuerzo desapareció víctima de la furia del huracán Georges.

Como ya he tratado el tema de la Ciudad Colonial, ampliamente, lo que para todo buen entendedor ha de bastar, y espero hayan entendido las nuevas generaciones, en lo adelante me limitaré a tratar lo concerniente a las edificaciones del período republicano en esas provincias. Por razones de espacio habré de referirme, aunque  brevemente, a este tema.

La Sultana del Este, donde se llevó a cabo, a principios del Siglo XX   lo que se denominó la Danza de los Millones, conserva  un centro histórico con algunos de los mejores ejemplares de los estilos de esa época, además de constituirse en pionera del uso del concreto armado cuyo material de construcción con el que mayoritariamente fueron construidas sus edificaciones, coincidió con la bonanza económica de la región oriental del país.  

Descuidada, al igual que la demás riqueza arquitectónica de la República Dominicana, muchas formidables edificaciones representativas de ese importante período de nuestra historia, languidecen, o se desintegran,  esperando que se apiaden de ellas.

La segunda fundación del primer Santiago de América, atraviesa por similares desventuras, y se teme que sus magníficas casas victorianas, todavía en pie sigan el mismo destino que muchas otras cuyos terrenos se han utilizado para construir estacionamientos de vehículos. Todo ello, fruto de la desenfrenada especulación, ignorancia, desinterés colectivo, y carencia de una rígida aplicación de las disposiciones legales existentes. Santiago de los Caballeros conserva en su centro histórico excelentes ejemplares del período republicano que en conjunto constituyen un atractivo importante para su turismo que, al igual que Santo Domingo, carece de playas.

Similar a Santiago, y tal vez más completo en cuanto al estilo Victoriano se refiere, el impresionante conjunto histórico de la ciudad de Puerto Plata atraviesa por una peor situación. Sus casas de madera, relativamente pequeñas, han soportado años de desgaste y descuido a lo que se suma el desinterés de sus propietarios por su tan necesaria rehabilitación. Ello así, debido a que resulta muy cuesta arriba invertir altas sumas de dinero en algo que consideran misión cumplida. El boom creado por el turismo de sol y playa en las inmediaciones de la ciudad pudo haber contribuido a que mejoraran las actuales condiciones del centro histórico. Pero la situación económica por la que atravesaba y sigue atravesando la mayoría de los propietarios no les ha permitido que se desarrolle sin una asistencia financiera especializada.

Siempre creí que los dominicanos no estábamos preparados para enfrentarnos a una “industria sin chimeneas”, que traspasara los límites del turismo improvisado y elitista, caracterizado además por la indiferencia de los que nunca creyeron en él, hasta que los extranjeros y contados dominicanos lo hicieron realidad.

Considerando este tema muy complejo para ser tratado en un corto espacio, prefiero concluir afirmando, que el caso de Puerto Plata es digno de un estudio más consciente que los que se han hecho, acompañando sus recomendaciones con un serio compromiso por parte del Estado.

Montecristi y Sánchez pueden ser considerados dos casos fallidos. Lo que hubiera sido posible convertir en dos polos de atracción turística envidiables de la región, considerando sus excelentes condiciones de ciudades ubicadas en el litoral marítimo, dotadas de importantes recursos históricos, y de interesantes aunque limitados conjuntos victorianos, languidecen, aguardando una “mano poderosa”, la primera, y quien se encarguen de sepultarla, la segunda.

Para concluir, solo me resta advertir el cuidado que se debe tener con los políticos a la hora de llevar a cabo lo que hay que hacer. Que su trabajo debe consistir en respaldar los técnicos, plasmar en  leyes, reglamentos y decretos lo aconsejado y posibilitar financiamiento oportuno y suficiente, además de apoyar los planes consensuados por la institución rectora del programa. Pero jamás permitir que se conviertan en rectores de algo que no conocen, ni entienden, ni les interesa.

Siempre se ha dicho, que por su irreversibilidad, es preferible dejar las cosas como están, y seguir esperando el momento oportuno, a permitir que se hagan de cualquier manera, por el hecho de serle útil a los demagógicos propósitos de los políticos de turno. 

¿Entendido?    

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